Matones en red

José Luis Castillo

MATONES EN RED

Un ring se improvisa en la explanada de la escuela a la hora de la salida. Los enfebrecidos espectadores se desgañitan pidiendo más violencia: «¡Putos, putos!», grita la grada cada que el combate decae. En una esquina “Dagnino”, el favorito del público; en la otra, “Pechus”. Agarrones, puñetazos y patadas se suceden hasta que el primero le rompe la nariz al segundo. La grabación, que puede verse en Youtube, viene además aderezada con sonidos como el paseo de Star Wars cuando uno camina enfrente del otro, o el de fatality, en alusión al golpe de gracia del famoso videojuego de artes marciales Mortal Kombat, con el que puedes descuartizar literalmente a tu rival. “No es para que vean una pelea. Es para que se diviertan”, reza la descripción que acompaña el video. Las nuevas tecnologías se han convertido en herramientas sofisticadas para el acoso escolar. El fenómeno de la violencia unido al acceso mayoritario de los jóvenes a los aparatos multimedia han creado un fenómeno que Peter K. Smith acuñó en 2006 como cyberbullying o acoso cibernético.

«No tiene lugar en un espacio físico y un tiempo determinados, sino que se amplía al uso de redes sociales y tecnologías de difusión masiva como celulares e internet. Aunado a esto, existe un factor de anonimato que puede considerarse como incentivo para ejercer un mayor nivel de acoso y violencia», escriben en la revista AZ, Vanessa Maya Alvarado, asesora técnica de la Unidad de Sociedad Civil, y Daniel Tapia Quintana, consultor en políticas públicas y política educativa. Los sms amenazantes, los videos de peleas o las grabaciones humillantes componen el corpus de este nuevo tipo de acoso. La proliferación ha llegado hasta el punto de que se han creado espacios con el hostigamiento entre estudiantes como leitmotiv. «Olvídate de esa zorra porque tienes el pene más chico que un pájaro»; «Eres un puto, los dos dan asco»; «Eres una pendeja, a todos les caes mal»; «Eres un pendejo, saludos ». Éstos son algunos de los comentarios, que se pueden leer en lajaula.net, una red social que alumnos de más de 16,000 centros educativos utilizan como vehículo para, según reza la propia página, “enterarse de los chismes de tu escuela”. Mientras se debate el cierre de la página, unos se escudan en la libertad de expresión y otros ven “la jaula” como un juego. El ciberbullying, sin embargo, puede alcanzar cotas de sadismo.

En una universidad privada del DF, seis adolescentes, cuatro chicas y dos chicos, empezaron a amenazar a una compañera. «Te vamos a dar una madriza», le decían. La víctima no se lo creyó, pero un día la agarraron entre todos y la llevaron a una sala del recinto escolar. Mientras uno de los chicos vigilaba y el otro grababa, las cuatro chicas le propinaron una golpiza hasta dejarla malherida. La víctima pasó tres días en el hospital. Para rematar la faena enviaron el video de la agresión a su madre. La universidad no asumió responsabilidades y los agresores quedaron impunes. Incluso hay casos más graves: Paula, de 14 años, llegó a la escuela una mañana, sin entender por qué todos se reían de ella. Una amiga le dijo que fuera a casa y mirara una página en internet: habían subido una foto trucada, con su cara en el cuerpo desnudo de otra mujer en posición indecorosa. Fue tal la humillación, que Paula ingirió todas

las pastillas que encontró en casa, en busca de la muerte. No lo consiguió, pero arrastra secuelas psiquiátricas y psicológicas. Tiene fantasías de vengarse; no sabe si algún día podrá volver a la escuela, tiene pavor de que la reconozcan y se sepa que intentó suicidarse. Tardará algún tiempo, como dice su psicoanalista, en creerse merecedora de cariño y admiración, aunque la terapia va dando sus frutos. Le ha ayudado a darse cuenta de que su vida vale mucho y que la venganza no la hace libre. El amor y el interés le están dando la fuerza para revisar el porqué, para ver cómo le afectó el abandono de su padre, saber qué hizo, o no, para llamar la atención de los agresores. Pero al igual que muchos niños maltratados, un sentimiento persiste: cree merecer lo que le pasó por no saber relacionarse con los chicos. Se siente culpable, aunque no sabe exactamente de qué.

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