Los ruidos más insoportables de la ciudad (Parte II)

¡Que alguien los calle!

Especial

Nuestra ciudad está llena de sonidos, tantos que ni nos damos cuenta. Vivir en esta metrópolis significa renunciar a la posibilidad de escuchar. Estamos tan abrumados que no sabemos ni a qué suena. Tendríamos que fruncir la boca y emitir un ruido áspero. Porque el DF suena a todo o, en su defecto, ya tan acostumbrados e inmunes, diríamos, que no suena a nada.

El silencio en la otrora región más transparente del aire.

Sin embargo hay sonidos terribles que rompen el imposible silencio y aturden nuestros pulcros oídos. Nombrarlos todos sería desgastante, un ejercicio inútil e interminable. ¿Ustedes qué opinan? ¿Cuáles son los 10 sonidos que más odian del chilango? Cuéntennos en @Chilangocom y @Delamalinche

“Lleve sus ricos y deliciosos tamales oaxaqueños”

http://www.youtube.com/watch?v=mhMV7w-ZGeo

Al principio era folklórico y divertido escuchar –a la mitad de la clase de la maestra gorda y amargada– la lejana reproducción de este mensaje desde alguna bici tamalera. Pero se puso de moda –y muy rápido– y ahora es más bien como una plaga. Esta pista de audio tendría que haber estado en el número uno de las canciones más escuchadas de los últimos seis años. Un récord imbatible que la misma Lady Gaga envidiaría.

“Pásele, güera”

¿A quién quieren engañar? Por más que algunas amigas malinchistas insistan en asistir a los tianguis para elevar su autoestima, no hay más falsedad en el asunto. Algo en nuestra sicología nos hace pensar que el ser güero es un halago, pero ¿por qué no el que nos digan prietos? Lo peor de todo es que las esposas de los vendedores de los mercados mexicanos lo saben y lo recriminan: “seguro le dices lo mismo a todas”.

El timbre los testigos de Jehová

No somos adeptos a ninguna religión, pero tampoco tenemos nada contra ellas, siempre y cuando respeten nuestro sueño. No entendemos por qué ellos insisten en tocar el timbre cada domingo, día predilecto para descansar hasta tarde. Y lo hacen con tanto entusiasmo que parece que creen que en una semana las fuerzas sobrenaturales cambiaron nuestra opinión y ahora sí saldremos de la cama corriendo a recibirlos con té y galletas. Les indigna –además– que no escuchemos su mensaje iluminado. Si alguna vez lo intentan, y luego les proponen que ellos hagan lo propio, cuidado, capaz que les dan la espalda y los dejan hablando solos. Tal vez fue aquel libro de Nietzsche que traían en mano.

“En esta ocasión venimos ofreciéndole”

Lo que más nos gusta de viajar en metro es la oportunidad de aprovechar el tiempo para echar una leidita o, en su defecto, un coyotito. Confieso que nunca hemos logrado ninguna de las anteriores: siempre somos interrumpidos por una fila interminable de vendedores que “En esta ocasión le venimos ofreciendo…”. Por cierto que su anuncio publicitario, con toda su monotonía y falta de creatividad, jamás nos ha aburrido lo suficiente como para comprar algún producto.

La aspiración flemática pre-gargajo

No hay nada más asqueroso en la ciudad que los gargajos. Lo preocupante es que la población chilanga los toma con una tranquilidad y frivolidad francamente preocupante. Lo peor de todo es aquel sonido producido en el momento en el que el mísil es preparado en la garganta. Sinceramente provoca escalofríos. Deberían prohibirlo por ley.

Los meetings políticos

¡Ah que bárbaro! Parecen kermes o circo del siglo XIX instalado en un pequeño pueblo de la provincia. Llegan los políticos y hay que si tamales, que si taquitos, un montón de acarreados que cantan alegremente porras a su gallo. Luego el gallo dice algo y lo inundan de aplausos, más porras, y confeti. Y el gallo vuelve a decir algo en ese monótono tono mesiánico. Y los otros vuelven a vitorearlo mientras que la comadre acaso prueba un taquito salsa y su cuñado reparte gorras y banderines. Es una dinámica grotesca de auto-celebración, mejor que se compren un librito de auto-superación y digan diez veces frente al espejo “estoy bien guapo, mi mamá me quiere.”

Los cuetes

No, no hablamos de esas maravillas vistosas que inundan nuestros cielos cada 15 de septiembre. Nos referimos a esos petardos que son lanzados al cielo y que carecen de toda fluorescencia. Son esos cuetes que escuchamos a diario, celebrando no sabemos qué fiesta y que, además de contaminar, sólo logran despertar la furia de los canes. Al explotar producen un sonido seco que retumba en el cielo con aspereza sin si quiera producir una chispa de esperanza. Cuetes sin luz, estamos llenos de esos, quizás una metáfora perfecta.

El motor de los peseros

Mucho ruido y pocas nueces. Nada más contaminan con sus arrancones altisonantes y estorban con su lentitud y su insistencia en pararse cada cinco metros. Lo más triste es que los conductores parecen enorgullecerse del sonido estrambótico de sus vehículos: entre más ruidoso mejor. ¡Por favor, alguien invente un silenciador de peseros! O, ya de plano: Marcelo, compra unos camiones más nice, ¡como los de la UNAM!

El reggaeton del Dr. Simi

Como si no fuera suficientemente grotesca la imagen de una botarga bonachona bailando a media calle para vender medicinas, ¡sí, señores extranjeros: no discos, no ropa, medicinas he dicho! El Dri. Simi tiene un pésimo gusto musical. Aún dudamos que estrategia de marketing le haya indicado que el reggaeton vendía mejor cualquier tipo de medicamento.

El “viene viene” de los viene vienes

Redundante hasta el cansancio, como el que te ayuden a salir, estando el coche de frente y con cinco metros para maniobrar. El “viene, viene” es una forma de monopolio de las calles. Y nuestra economía no da para tanto. Lo peor es que justo cuando supusimos que nos estacionamos lo suficientemente rápido como para escaparnos de ellos: escuchamos el grito o el silbidito. Incluso ya estacionados. Lo hacen para marcar su territorio y hacernos saber que estamos en su pedazo de calle.

*Emilio Lezama es director de Los hijos de la Malinche