Los pleitos entre los condóminos

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No era mucho ruido, pero se percibía en el silencio del edificio. Después de un rato, el sonido del timbre se coló entre la música. Era un vecino que, amablemente, pidió que bajáramos el volumen. Mis amigos y yo accedimos, pero en cuanto el vecino se marchó, ellos exclamaron “qué payaso”. En verdad lo parecía porque el ruido tampoco era tanto.

Al momento salió a la plática el tema de los “vecinos incómodos” o molestos, los que hacen una pesadilla de la vida en condominio. Un problema que, según estimaciones oficiales, tienen o han padecido más de tres millones de chilangos.

En la ciudad, el asunto de la convivencia entre vecinos ha cambiado a pasos muy lentos a pesar de que hace unos años el gobierno de la ciudad modificó la Ley de Propiedad en Condominio de Inmuebles del DF.

Y aunque es bienintencionada al promover la cultura condominal, ha tenido poco eco: ni la mitad de eso que llaman “unidades habitacionales” (que pueden ser complejos de varios edificios o casas, o un solo edificio de departamentos) están registradas ante la Procuraduría Social del DF (ProsocDF), la encargada de vigilar el cumplimiento de la ley. Son unas tres mil de las ocho mil que, se estima, existen.

Registrarse ante esa institución vuelve obligatorio el pago de cuotas de mantenimiento que en muchos edificios no existen o que ni siquiera se mencionan. Tal vez de ahí nazca la apatía de la gente por hacer el trámite. O porque para completarlo se requiere mucha paciencia y voluntad: el proceso es tardado y se necesita que la mayoría de los dueños de departamentos estén de acuerdo en constituirse como una propiedad en condominio.

Suponiendo que existiera esa voluntad y se lograra completar el proceso, hay otro detalle: la ProsocDF es un ente conciliador, es decir, tiene pocas facultades para resolver un conflicto. Más bien te asesora para que llegues a un acuerdo con tu vecino o lo resuelvas por otras vías –incluidas las legales.

Los pleitos son varios, pero la ProsocDF tiene documentadas –entre las 6,729 quejas que recibió en 2013– como las principales causas la falta de pago del mantenimiento, la invasión de áreas comunes y el ruido.

Aunque nosotros optamos por bajar el volumen, reconozcámoslo, a nadie le gusta tener que consultarle al vecino cuando organiza una fiesta o reunión en “nuestra casa”. Es más, la simple idea nos pone a la defensiva, por más que debamos hacerlo por el hecho de vivir en comunidad.

Zapateo de madrugada

Las voces de Marc Anthony, Ricardo Montaner y Emmanuel sonaron a todo volumen durante dos horas. Eran las ocho de la mañana del primer fin de semana que Melissa Moch y su esposo pasaban en el departamento que acababan de rentar. Y esas voces provenían del piso de arriba, de un lujoso penthouse de dos pisos cuya sala está justo sobre el techo de Melissa en la colonia Roma.

Así es como Melissa empezó esta especie de relación de odio, que ya lleva cuatro años, hacia María –no es su verdadero nombre–, la dueña del piso de arriba que vive con su pequeña hija. Melissa ya se sabe de memoria que su vecina comienza cada sábado con música y los termina igual, extendiéndose hasta las primeras horas de los domingos. Como si fuese una tradición.

«En cuatro años, desafortunadamente –dice Melissa–, hemos aprendido a vivir con ella». La primera solución que se le ocurrió fue tocar el timbre de María para pedirle que bajara el volumen, pero ella nunca abrió la puerta. Melissa no sabe si porque el ruido le impidió oírla o por pura inconsciencia.

Sin embargo, además del escándalo de los fines de semana, su vecina celebra su cumpleaños el viernes de la primera semana de diciembre. No se le olvida porque es una de las noches más temidas para Melissa. Pese a que en el edificio hay un salón de fiestas de uso común para los condóminos, María prefiere realizar su fiesta en el roof garden de su penthouse. Y contrata equipos profesionales de luz y sonido para que toquen música sin parar hasta las tres de la mañana.

Las persianas del departamento de Melissa retumban toda la noche contra las ventanas. Pero a las tres de la madrugada ocurre la calma que antecede a la tormenta. Los invitados –unas 50 personas, según calcula Melissa–, abandonan el roof garden, entran a la sala y, al ritmo de “Bamboleiro”, de los Gipsy Kings, se ponen a zapatear y aplaudir durante hora y media más. 

Y luego sigue “la hora del trovador”: Arjona, Franco de Vita, Silvio Rodríguez y Pablo Milanés son los favoritos. La fiesta se estira hasta las 5:30, cuando por fin Melissa puede conciliar el sueño.

–¿Has intentado confrontarla? –le pregunto. –No. Si te enfrentas a un vecino cara a cara te expones a un infierno y das pie a que empiece una guerra. Cuando platico con mis amigos sobre vecinos molestos, mi historia es un vergel. Al final, si vives en un edificio vas a tener vecinos y tienes que atenerte a este tipo de cosas. Es parte de. Quizás. Según estimaciones de Alfredo Hernández Raigosa, titular de la ProsocDF, 3.5 millones de chilangos viven en unas ocho mil unidades habitacionales. Durante 2013, la ProsocDF recibió 6,729 quejas de condóminos. Casi 10% de éstas –o sea, 650– se debían al ruido, la segunda causa de pleitos entre vecinos.

Y aunque para Manuel González Navarro, doctor en psicología social de la UAM, este tipo de conductas entre vecinos puede representar violencia simbólica relativa al poder, Melissa no ha llegado a tal grado. Ella recuerda que una mañana terminó abrazada a María durante unos segundos. Fue un abrazo de solidaridad ante el miedo de no poder bajar del edificio durante un sismo.

Y pese a que no se llevan bien y apenas intercambian saludos en los pasillos del edificio. Ante la sacudida ninguna logró bajar los pisos que las separaban del suelo firme. Sólo les quedó abrazarse en las escaleras del cuarto piso. Durante unos segundos la escena parecía de dos vecinas queridas que se consolaban mutuamente. 

Durante estos cuatro años Melissa ha hablado con los administradores y no le han solucionado su problema; tampoco su casero. Ella se considera en desventaja porque es inquilina y María es dueña de su penthouse. Al único lugar al que no ha acudido es a la ProsocDF. Ni siquiera sabía que existe.

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