La sonrisa de un psicópata: El hombre que fue condenado a 316 años de prisión

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Psicópata (Chilango)

Galván fue condenado a 316 años de prisión por privación de la libertad, inhumación clandestina, asesinato y violación. Cumple su condena en un pabellón de enfermos mentales y, aunque es un preso modelo, nos advierten que un psicópata nunca deja de serlo.

Por Carlos Acuña

Me empeño en buscar una mueca sórdida en tu boca, en las delgadas arrugas de tu rostro, en los ángulos de tu cara huesuda. Algo, cualquier rasgo que remita al horror de tus crímenes. Pero es casi decepcionante no encontrar nada sino tu sonrisa inocua, Galván, tan idéntica a tantas otras.

Ese día visitaba el Centro Varonil de Rehabilitación Psicosocial (Cevarepsi), anexo del Reclusorio Sur para enfermos psiquiátricos, por razones que poco tenían que ver contigo. Nunca había escuchado tu nombre y tal vez eso te dio la confianza para hablar sin eufemismos: «Soy lo que llaman un asesino colectivo –dijiste–. O como le dicen en las películas: un asesino en serie».

No había orgullo en tu voz; tampoco arrepentimiento. Me hablaste de tu niñez. Del ligero hormigueo que sentías en la lengua cada que se avecinaba una de tus convulsiones. De cómo luego, en la adolescencia, las hormonas desatadas provocaron que tu epilepsia se manifestara cada vez con mayor violencia. Eran 30 segundos feroces en los que no perdías el conocimiento como otros enfermos: tú, Galván, sentías cómo tus músculos se tensaban como si te hubiera caído un rayo. Tu cabeza quedaba en blanco, ocupada sólo por el castañeteo repetitivo de los dientes estrellándose dentro de tu boca.

Aquellas convulsiones, me contaste, te provocaron una ligera hemiplejia. La mitad de tu cara quedó paralizada durante varios años. Sostienes que fueron esos ataques los que torcieron tus neuronas. Ahora, Galván, miro tu foto de nuevo y nada queda de aquella parálisis.

PENÉLOPE TÉLLEZ-GIRÓN TENÍA17 AÑOS cuando entró a la Comandancia de Policía, acompañada por su madre, para denunciar que la habían secuestrado. Ese mismo jueves de 1998, unas cuantas horas después, decenas de policías preventivos rodearon una casa en obra negra, ubicada a unas cuadras del cruce de Circuito Interior con Eduardo Molina, y capturaron a un hombre de cara redonda y ojos de niño enfermo.

Dos párrafos le bastaron al periódico Excélsior para resumir lo ocurrido: “La Secretaría de Seguridad Pública afirma que la menor secuestrada aprovechó un descuido de su verdugo y escapó para luego denunciarlo e ir ella con la policía a este lugar, donde la mantuvo y acosó por horas”.

El hombre se llamaba Lucas Galván. Penélope Téllez-Girón lo identificó como el tipo que la había encañonado la noche anterior. Según el expediente judicial, Galván abordó a Penélope en la calle, alrededor de las 11 de la noche. La arrinconó con una pistola y la arrastró hasta una puerta, media cuadra más adelante. La muchacha no cedió al miedo, pese a intuir que estaba a punto de ser violada. Según contó a la policía, comenzó a llorar muy quedamente y le dijo a su captor que tenía sida.

Las lágrimas le sirvieron para ganar tiempo y estudiar su reclusión: el primer piso de un domicilio oscuro, todavía con los ladrillos al aire y todas las ventanas tapiadas; excepto una, que daba a la calle, donde el concreto gris dejaba una pequeña rendija.

Después de varias horas, y aún sollozando, Penélope engañó a su captor con el más inocente de los trucos: le dijo que tenía mucha sed. Cuando el tipo salió del cuarto en busca de un vaso con agua, la chica aprovechó el descuido para deslizarse por aquella rendija y saltar a la casa contigua. Ya había amanecido.

Algunos diarios retrataron la historia como la versión policiaca de Caperucita y el Lobo, aunque con final feliz y la bestia en la cárcel. Pocos sospecharon que Penélope no era la única víctima y que el verdadero lobo seguía allá afuera, a bordo de una camioneta Chevrolet que avanzaba por la autopista, rumbo a Zacatecas. Tenía la misma cara redonda que Lucas, los mismos ojos de niño tísico. El hermano de Lucas Galván lucía, además, una sonrisa esplendorosa.

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