La Merced: zona roja chilanga

El oficio que no muere en las calles de la Meche

Conocida por ser cuna ancestral del comercio de la ciudad, la zona de la Merced desde tiempos remotos también alberga uno de los aspectos más contradictorios de la urbe: el trabajo sexual

Mallones de lycras de colores, tacones de plástico que imitan el cristal de las princesas, maquillaje y escote exagerado para resaltar sus curvas, cientos de mujeres de todas las edades ofrecen su cuerpo como se venden las bicicletas, la verdura, los zapatos o los tacos de canasta: a quien tenga necesidad y pueda pagar. 

La cuota la impone el mercado, desde 200 pesos por un desnudo de la cintura hacia abajo, una sola posición, sexo con condón obligatorio, no tocar, no besar, no chupar, tiempo promedio: 15 minutos. El precio aumenta según la demanda de la mercancía y el servicio solicitado

Trabajo antiguo 

Desde tiempos de Xochipilli, las prostitutas tenían esta zona para ejercer su oficio; las ahuianime como se les conocía a las mujeres de placer rendían culto a Xochiquétzal, la Venus nahua y a Tlazoltéotl cuya raíz significa al mismo tiempo amor y basura. 

60257El oficio más antiguo
El oficio más antiguo (Foto: Cuartoscuro)

En el siglo XVI la casona de la calle de Galias, hoy Las Cruces esquina Mesones, fue sede de una de las primeras casas de tolerancia de la ciudad, lo que a lo largo de más de 400 años se convirtió en un negocio redondo para los hoteles y cuidadores de la zona. 

Con las últimas remodelaciones del primer cuadro del Centro Histórico, puntos estratégicos donde se había ejercido la prostitución por décadas, se han ido suprimiendo, no así el comercio carnal, pues como muchas de ellas lo reivindican: en un mundo donde la inmensa mayoría debe vender su fuerza de trabajo para vivir, “esto es un trabajo donde se usa el cuerpo como cualquiera, pero no es fácil”. 

Reacomodo 

Estéril fue nuestro intento por recabar nuevos testimonios sobre los cambios que ha tenido su labor en la Merced a partir de los reacomodos y detenciones de mafias de lenones en los últimos 3 años. Sea porque están “bien cuidadas” o por estar cansadas del amarillismo de ciertos medios, del interés científico de sociólogos o antropólogos, que hasta algunas ya piden una cuota para conceder una entrevista. 

Miradas con morbo, curiosidad o desprecio por los transeúntes como si por estar ahí nos recordara el síntoma de una sociedad insatisfecha, las trabajadores sexuales se apuestan cada 5 metros, a lo largo de la Avenida San Pablo y el Anillo de Circunvalación. En los días muertos, cuando escasean los clientes, muchas chicas gastan sus minutos de tiempo aire o mandan algún mensajito desde su celular que guardan celosas en el escote. 

¿Cuántas de ellas están en el comercio sexual voluntariamente, por elección, cuántas fueron engañadas, o traídas a la fuerza? No lo pude saber, lo cierto es que sus turnos son por lo menos de 9 horas, las más afortunadas descansan los sábados. No gozan de seguridad social.

No todo es trata

“Son mujeres con niños, novio o esposo, con una vida normal”, me confiesa Cristóbal, un michoacano que va y viene de la Merced para trabajar en jaripeos de pueblos cercanos, “de las que yo conozco, nadie está a la fuerza, trabajan en eso por necesidad”.

Lo mismo dice la Brigada Callejera Elisa Martínez y la  Cooperativa de Trabajadoras Sexuales “Ángeles en busca de libertad”, quienes desde un apartamentito de la calle Corregidora ofrecen atención de salud sexual a las trabajadoras de la zona de sexo comercial: “tratamos de diferenciar nuestro derecho de trabajar en el sexo, de la trata de personas. Somos guerreras, ni víctimas, ni victimarias”. Además la Brigada promueve y distribuye los condones más económicos de la zona, “El Encanto” a 1.50 pesos la pieza. 

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Condón (Encanto)

El segundo callejón de Manzanares

Una paradoja que este punto de explotación sexual de jovencitas se mantuvo por mucho tiempo a unos metros de la primera iglesia que fundó Cortés en la decadente Tenochtitlán.

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Iglesia (La primera iglesia que fundó Hernán Cortés)

“El Carrusel” ofrecía cada tarde un grotesco espectáculo donde jovencitas, muchas veces traídas con engaños de los poblados más pobres del centro del país, desfilaban a los ojos de sus potenciales clientes, hasta que una era escogida para ser sacrificada en una intimidad tan frágil como la cortina de papel de china que separaba las improvisadas colchonetas sobre camas de piedra.

Aquello cuentan se acabó en 2011, cuando la procuraduría local atrapo a los explotadores sexuales acusados de prostituir a menores de edad en el tristemente célebre Carrusel.

Quizá muchos de esos clientes asiduos ahora se apuestan sobre Avenida Circunvalación, alrededor de una disimulada puertita blanca entre las calles de Ramón Corona y Misioneros donde hombres solitarios esperan ansiosos su turno con la mujer que han escogido.