Historias de robo de huesos en tumbas en la CDMX

Dicen que los santeros son quienes más recurren a este robo

Según el Código Penal, el castigo por robar huesos puede ir de prisión de tres días a dos años o de 30 a 90 días multa.
Fuente: Shutterstock

¿Para que recurren al robo de huesos?

Seis sepultureros abrieron el hoyo en la tierra —es del tamaño perfecto para que entre la caja con el muerto— y ahora todos están sudando. Tardaron cerca de una hora y media para lograrlo. Con picos y palas, retiraron la lápida blanca. Después, con una labor casi mecánica, excavaron la fosa: la pala entraba y salía cargada de tierra, una y otra vez. Lo que sigue es difícil de entender a simple vista, pero no constituye robo de huesos.

«Al llegar a la caja de la última persona sepultada, si tiene losa se retira y después se hace la exhumación de los restos (humanos)». Quien habla es Efraín Colín, un sepulturero del Panteón Civil de Dolores que ya perdió la cuenta de cuántas personas ha enterrado, él y su familia ya llevan más de 13 años en el oficio. «Sacamos los huesos, los ponemos en una bolsa negra para la familia y reparamos la fosa para recibir al cuerpo nuevo».

También lee: El oficio de llorar en velorios ajenos

En los panteones civiles la entrada de un muerto muchas veces representa la salida de otro y éste es el proceso legal para exhumar un cadáver. Aunque, si alguien quiere extraer huesos, hay otras formas de conseguirlos: profanar la tumba o adentrarse en las fosas comunes, si es que sabe dónde se encuentran… ahí empieza el robo de huesos.

«Muchas familias se quedan a ver la exhumación para asegurar que sus restos se les respeten», cuenta Efraín. «Nos comenta la gente que muchas veces, cuando regresan a sepultar a alguien, los huesos andan regados por el suelo o se los llevan. Como éste es un panteón civil, hay gente que viene de fuera y hace cosas. A veces piensan que nosotros somos los que (robamos y) vendemos los huesos, pero no tendríamos por qué».

A pesar de ser un delito, el robo de huesos —para estudiarlos o usarlos en rituales de santería— persiste en la ciudad. Dependiendo de la pieza y su tratamiento (deben hervirse en cal y barnizarse para que duren más) los precios pueden variar, desde $300 a más de $5,000. Según el inciso III del artículo 280 del Código Penal, «se impondrá prisión de tres días a dos años o de 30 a 90 días de multa al que exhume un cadáver sin los requisitos legales o con violación de derechos».

«Se hace una magia muy poderosa con huesos humanos…»

En el Panteón Civil de Dolores hay cuatro vigilantes para cubrir 240 hectáreas.
Foto: Mariana Limón

«Los muertos aquí no asustan», asegura uno de los guardias del Panteón de Dolores, quien prefiere no dar su nombre. «Pero en la noche, por allá, a veces se escuchan los gritos de los santeros haciendo sus rituales. En el cerro, a lado del cementerio».

Los santeros. Ellos son los principales señalados, por vigilantes y sepultureros, de robar huesos. En Dolores la práctica fue tan frecuente que ya está prohibido indicarle a los visitantes dónde está la fosa común. Según el informe del 2016 del Instituto de Ciencias Forenses (Incifo), en promedio 13 cuerpos ingresan diariamente para su identificación, para un total cercano a los 4,929 al año. De esos, 438 (8.9 % del total) terminan en fosas comunes al no se reclamados por algún familiar.

«Por lo general son personas que se dedican a la brujería o a la santería, vienen y roban», explica Efraín. «Pasa en todos los panteones de la ciudad… bueno, todos los que son civiles, porque en los privados hay mucha vigilancia y ahí responde la administración. En éstos, no; si llegas y pones una queja, lo que te dicen es que no hay suficiente vigilancia para cubrir toda la zona».

Los números lo comprueban. En el panteón de Dolores hay cuatro vigilantes para recorrer 240 hectáreas. Diversos trabajadores dicen lo mismo: cuando se termina un rondín, puede que ya esté pasado algo en la zona que revisaron hace unos minutos.

En la CDMX la santería es común, la práctica proviene de religiones africanas y se ha popularizado en la región. En el artículo académico Las religiones afrocubanas en México, la etnóloga Yolotl González explica que desde las raíces ancestrales de la santería se encuentran vestigios de la utilización de huesos en sus rituales: «(Hay cultos en los que) se adora a los espíritus de los muertos que se encuentran en los árboles y se hace una magia muy poderosa con huesos humanos, tierra del cementerio y plantas silvestres. Es posible entonces que este tipo de magia se haya agregado tanto a la magia prehispánica como a aquélla traída por los españoles».

Faltaban esqueletos, abundaban alumnos de medicina

En los panteones civiles el robo de huesos es común y la administración no se hace responsable según sus trabajadores.
Foto: Archivo Cuartoscuro

«En los libros (los huesos y los músculos) son muy identificables, hasta están coloreados. Cuando los ves en vivo es diferente», dice Dulce Aragón, de 23 años y estudiante de medicina en la FES de Iztacala. Actualmente está en su servicio social y por sus manos han pasado diferentes huesos humanos, principalmente pelvis de hombres y mujeres, para estudiarlos. Todos han sido prestados por su universidad, es decir, su posesión es legal.

La necesidad de sentir la textura y el peso de un hueso con fines de estudio no es nueva y antes de los avances médicos actuales era apremiante. En la ciudad, desde 1775 se tiene registro de que una de las dificultades cotidianas para los maestros y alumnos de medicina es la adquisición de cadáveres. 

En 1990, más que necesidad era un requisito. Sofía Ahumada era estudiante de la UNAM en ese entonces y cuenta que por grupo les pedían seis esqueletos completos. El proceso parecía sencillo: exhumar el cuerpo y armar, hueso por hueso, el esqueleto.

«Mis compañeros y yo (visitamos) tres panteones civiles: uno en Miguel Hidalgo, otro en Iztapalapa y otro en Nezahualcóyotl. El problema al excavar las fosas fue que los huesos no estaban completos. Cada que encontrábamos uno era un tesoro», recuerda. «Después nos enteramos que el profesor solicitaba seis esqueletos por grupo y los vendía en Baja California y en Texas. Obviamente le pagaban un dineral».

Dulce dice que las exigencias de los profesores y la tecnología ha cambiado. Aun así, entendería por qué un estudiante de medicina recurriría a comprar o hasta robar huesos clandestinos, en especial los que cursan sus primeros semestres.

«Cuando vas entrando a la carrera es como parte de tu curiosidad, a veces te preguntas ¿cómo es realmente un hueso? Porque los ves en los libros, pero igual te llama la atención su textura o su peso y sabes que eso no lo vas a sentir hasta que entres en un quirófano y eso es en el tercer o cuarto año, si tienes suerte», explica. «Con la práctica médica te das cuenta de que no los vas a utilizar de esa forma y de que tendrás conocimiento complementario. Es decir, vas a poder auxiliarte de otras herramientas. En esta época creo que es innecesario robarlos, hay hasta modelos tridimensionales».