El fin de la inocencia

José Luis Castillo

FIN DE LA INOCENCIA

La doctora Maritza García, coordinadora del Laboratorio de Neurociencias en la Universidad Intercontinental, comprueba cotidianamente en su consulta que el bullying está dejando un reguero de dolor. Desde el niño humillado que es incapaz de levantar la cabeza y ve el mundo en las aceras, hasta la adolescente que se aísla del mundo. Desde su experiencia ha coordinado el primer estudio amplio en México sobre el tema, realizado por la Secretaría de Educación del DF y la Universidad Intercontinental. El trabajo, en el que se encuestó a unos 3,500 alumnos de primaria y secundaria, dibuja un panorama en el que la violencia está normalizada. Las nuevas generaciones pierden la inocencia cuando apenas han salido al mundo.

Desde que empiezan a socializar a los cuatro o cinco años ya adoptan un rol intencionado. Entran en una espiral de violencia de la que algunos no pueden escapar. El bullying es un problema transversal que traspasa condiciones sociales, edades y sexos. Un caldo de cultivo para el trauma y la delincuencia. Producto de una sociedad rota por la violencia. «Los adultos no lo habíamos asimilado, pero el bullying es algo que ya está aquí y sólo nos queda combatirlo», alerta García. La concientización sobre el maltrato entre menores todavía está dando sus primeros pasos en México. Todavía hoy no se ha realizado un trabajo lo sufi cientemente amplio como para aportar datos fi ables sobre el problema.

Las únicas estadísticas oficiales que dan cuenta del bullying en la capital son las que ofreció la Secretaría de Salud en 2006 en las que afirmaba que seis de cada 10 jóvenes habían sido víctimas de agresión verbal, uno de cada dos de agresiones físicas, 33% habían sufrido tratos humillantes y 24% acoso sexual. Sin embargo, según el informe contra la violencia infantil de la ONU de 2007, 65% de los estudiantes de primaria y secundaria sufre bullying en México. Por otra parte, la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH) estima que 40% de la población escolar de primaria y secundaria, tanto en instituciones públicas como privadas del país, es víctima de bullying.

Es decir: ni siquiera las cifras al respecto son claras. La onda expansiva llegó a México tras un caso en España, cuando Jokin, un adolescente de 14 años, se arrojó al vacío cerca de su casa en 2004. El bullying se volvió un problema integral que hasta ahora nadie ha sabido atajar. «No se da sólo en las escuelas –dice García –. Pensar esto sería satanizarlas. Es un proceso que empieza en casa. Por un lado, el maltratador es el hijo que escucha: “Si no hubieras nacido no me tendría que haber casado”. La víctima es un chico que no sabe poner límites verbales, con defi – ciencias sociales. Está sobreprotegido por los padres. Es el hijo de oro.» El otro plato de la balanza, los educadores, admiten que no están capacitados para resolver episodios de violencia, pero se quejan de que se ha menoscabado su autoridad. «Un día uno de los jóvenes le dio una cachetada a un educador. Nos faltan herramientas. Los educadores vemos la violencia pero no sabemos actuar frente a ella, me incluyo, no sé. Y es algo frustrante», explica Alonso Zenón, psicoterapeuta del Proyecto Roberto Alonso Espinosa, organización que trabaja con niños de poblaciones urbanas marginales.

En diciembre del año pasado Clara Elena Pérez, profesora del Centro Cumbres de Cuernavaca, puso su cargo a disposición del director: «Tengo que aguantar, tengo que llevar el pan a mi casa. Pero al fi nal no pude más, le dije: el niño o yo». Uno de sus alumnos de 14 años montó en cólera cuando no le quiso subir tres décimas en el examen. Ella y el adolescente tenían una relación tensa desde hacía tiempo. Clara asegura que las burlas eran continuas y ya había denunciado que el niño le clavaba las tijeras a sus compañeros, les rompía los cuadernos y acudía a clase con una navajita con la que rayaba el mobiliario. El estudiante fue expulsado un año. «Volvió y al principio parecía que estaba más tranquilo. » Pero a la hora de las calificaciones estalló el conflicto: si no llegaba al nueve, su padre, un adinerado hombre de negocios, no le iba a regalar una avioneta para volar hasta el rancho familiar. La profesora, después de repasar el examen, se negó. «Te quedas sin avioneta», le espetó después de que la jalara. El chico se quejó en casa. «Fue con el cuento de que yo le tenía manía y que era una malvada, una perversa.» Los padres acudieron a la escuela y criticaron a Clara ante el director, reproduciendo la historia de su hijo. La profesora, en este caso, ganó el pulso. «Tengo más de 30 años de experiencia y me dijeron que confi aban plenamente en mí.»

El director no expulsó al estudiante y dio un ultimátum a los padres sobre su conducta. Algo, confi esa Clara, que no es muy habitual: «Muchas veces priorizan las matrículas y el prestigio. Cuando es así, ya perdimos». «(Los profesores) tienen que ser un bastión en el asunto del bullying. El problema también está en el menoscabo de la autoridad. Pero hay que saber que es un problema de doble dirección. Los padres tienen culpa, pero muchos de los profesores se la ganaron por su falta de compromiso. Muchos son maestros por ser una salida fácil y otros, profesionistas que no han podido laborar en su especialidad –señala la doctora Maritza García –. La vocación ha tocado fondo.»

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