Chilangolandia es una ciudad extrema para los ciclistas

Ciclistas repartidores de México y una decena de países se jugaron un título mundial en el que no sólo había que correr: había que entregar la paquetería en buen estado. 

Repartir con los mejores 

Jesús Pallares, que no era Jesús Pallares, sino Yisus, competía el sábado 31 en el Bosque de Chapultepec con el maillot gris de Los Loosers y esa doble letra o formando las el dibujo de una bicicleta. “Me han atropellado dos veces y roto una costilla. También me han perseguido en auto dos veces. Una vez, fue un policía judicial que me amenazaba echándome el auto”, contaba Yisus, y dijo que para muchos automovilistas los ciclistas siguen siendo un estorbo. A algunos conductores no les importa que Yisis, a pedales, esté haciendo su trabajo. Joaco Spiritu, que no estaba vestido de corto, quitó culpa al automovilista chilango promedio y dijo que “es porque no conocen que hay bici”. Joaco se había lesionado la víspera en el alleycat al golpearse la pierna con un retrovisor y por eso no corría. En el alleycat, un formato de carrera de postas que va entre los coches y todo aquello que se ponga en medio, ahí sí valía todo. Y ahí sí que había estorbos. 

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El Mundial de Bicimensajeros se está celebrando del 28 de mayo al 2 de junio por las calles, velódromos y parques del DF. Yisus y Joaco son parte de Los Loosers, cocineros y repartidores chilangos de comida vegana. En DF no hay tantos grupos de bicimensajería como en otros lugares, así que algunos corredores locales se agrupan en torno a negocios relacionados con la bicicleta y que habitualmente les apoyan con cierta logística. Como sea, ganar sí le puede dar un plus a su negocio. Implica velocidad y eso, como decía Lalo Reynoso, un repartidor de Nueva York, es satisfacción para el cliente. 

El sábado, en un prado de la Segunda Sección del Bosque había un ambiente magnífico previo a la carrera, y al otro lado de la bola que esperaba desperdigada, Carlos Vieyra también hacía tiempo. Carlos, que corre en un grupo llamado Kangoo MX, esta vez venía por parte de la tienda de bicis Vaivén. Los días anteriores Carlos había participado en la carrera del Velódromo Agustín Melgar -se la llevó Chas Christensen, de San Francisco; Kai Edel, de Duisburgo, y Pancho Marmolejo, del DF, lo siguieron en el podio- y también el alleycat -los primeros fueron Chris Thorman, Álex Zamora y Cooper Ray, un chilango entre dos neoyorquinos-, pero no corrió la cronoescalada del Desierto de los Leones, que se llevó a su casa Cooper Ray. 

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Mundial

Este sábado, Yisus y Carlos se estaban jugando entrar en la ronda final de la carrera principal para bicimensajeros y el circuito del Bosque se había convertido en una especie de estadio de Wembley o de Maracaná. “Cuando no tienes la oportunidad de competir en otro país, viene gente y puedes medir con ellos cómo estás en ciclismo urbano. Y aprender otras formas de cargar o de montar”. Por ejemplo, contaba Carlos, él ocupa una mochila pequeña, de 15 litros, pero había visto que otros traían una de 30 y tantos. O un carrito que parecía de tamalero supersónico, como el de los chicos de la empresa de mensajería TIG; o una caja plástica sobre un portabultos delantero, como llevaba el corredor 510. Sin embargo, a veces no bastaba la obviedad. “Puedes correr y también ganar, pero para ganar como tal debes ser bicimensajero y tener cómo demostrarlo”. 

Venir a repartir a México DF 

Crihs —Thorman, aunque su nombre de guerra incluye esa hache fuera de lugar— había vencido el viernes en el accidentado alleycat. Este era su quinto mundial y tiene nueve años siendo bicimensajero en Nueva York. Las credenciales de Crihs eran dos Monster Track ganadas, unas carreras con mucho prestigio entre los aquí presentes. En muy buen español contó que había venido en noviembre a DF por una carrera previa y que ahí había aprendido a “aclimatarse” al tráfico. Dijo que también vio cómo era el uso de las calles por parte de los peatones (si se refería a lo que creo, un sociólogo hubiera explicado de forma parecida que aquí cruzamos por donde nos da la gana). Pero en el alleycat hubo lluvia justo desde que inició y justo hasta que terminó. Sumada a la suciedad del piso, hubo caídas y ponchadas como para regalar. “La calle estaba lisa y tuve que conducir mi fixie con bastantes reservas”, cuenta Crihs. “Conocía el circuito algo más que otros recién llegados y eso también le ayudó”.

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