De la movilidad por las calles

Revista Chilango

Automóviles

Se les dice coche, carro, nave, bote o lata. Los automovilistas en la ciudad, tan acostumbrados al tránsito lento, han desarrollado la habilidad de conducir mientras leen, tuitean, hablan por teléfono, mandan mensajes de texto, se maquillan o incluso miran televisión.

Dicen que si puedes conducir en elDF, puedes hacerlo donde sea. Además del salvajismo de los otros automovilistas, hay que estar atento al transporte público, de valores y de carga (famosos por manejar con total arrojo, literalmente); motociclistas, ciclistas (que suelen ir entre los carriles y son expertos en colocarse en puntos ciegos); vendedores ambulantes y peatones que se cruzan la calle por donde sea; metrobuses, bicitaxis, triciclos repartidores de, por ejemplo, garrafones de agua, y un sinfín de transportes detenidos en segunda y tercera fila.

Las direccionales de los vehículos se han vuelto mecanismos obsoletos de los que las ensambladoras locales podrían comenzar a prescindir en breve. En caso de que algún distraído las acciones, los demás automovilistas lo tomarán como una invitación a acelerar e impedirle el paso.

Que exista una calle no es garantía de que podrá utilizarse: construcciones, reparaciones, baches, inundaciones, manifestaciones, parti- dos de futbol callejeros (conocidos como “cascaritas”) o incluso fiestas vecinales podrían impedir el tránsito en cualquier momento.

Las luces de los semáforos tienen aquí sus propios significados:

Verde significa “avance”;

Amarilla no es “precaución, desacelere”, sino “acelerequeyacasillegalaroja”;

Y roja significa “procure no cruzar… a menos que apenas lleve puesta unos segundos, que calcule que no viene nadie, que tenga pereza de detenerse, que venga muy ebrio, que ya se le haya hecho tarde, que crea que es injusta la duración de las luces”.

Cuando los automovilistas conocen el verdadero teje y maneje del sistema de tránsito pueden dejar sus autos en curvas, rampas o hasta banquetas. Pero basta que se muevan un poco fuera de las reglas tácitas, oficiales o ex- traoficiales, para que de las profundidades del océano de asfalto emerja, cual calamar gigante, una hábil grúa que sujetará su auto y comen- zará a arrastrarlo en menos de 10 segundos, incluso con el conductor dentro.

La lógica y el sentido común no suelen ser suficientes. Por ello, en la mayoría de las puer- tas de los garajes y entradas a estacionamien- tos se aprecian letreros que invitan, a veces de forma “humorística” –suponemos que alguna  vez a alguien le causó gracia–, a no estacionar- se ahí. “Se ponchan llantas gratis” es el favo- rito de dichos mensajes con tendencia al tono pasivo-agresivo.

Taxis

La ciudad crece y cambia tanto y tan rápido que no es extraño que los taxistas soliciten al pasa- jero “usted me va guiando, de favor”.

Quien pretenda tener un viaje en silencio de- berá refugiarse, desde el abordaje, en algún sis- tema de comunicación móvil. Quien prefiera un trayecto lleno de charla ininterrumpida, única- mente ha de soltar una frase estilo “qué cara está ya la gasolina, ¿verdad?”.

Microbuses y peseros

Viajar en los llamados “micros” no implica necesariamente viajar “dentro” de ellos. Los conductores tienen la costumbre de invitar siempre a más pasajeros, mediante la frase “súbale, hay lugares”, aunque ya no haya manera de que en- tre uno más. Esto conlleva a que tantos viajen “colgados”, más que “a bordo”.

El pasajero no debe preocuparse por ir a las esquinas de las calles o los llamados “parabuses” para solicitar al chofer el abordaje (“hacer la parada”, le llaman), pues los microbuses se detienen donde sea. Eso sí, en ocasiones el usuario tendrá que hacer gala de su habilidad para abordar o descender mientras el micro- bús aún está en marcha.

Dichas unidades suelen estar extra equi- padas con cláxones musicales, como “La Cucaracha” o la música de El padrino, entre las favoritas, o bien, aquellos que imitan el chiflido típico para celebrar sónicamente la belleza de alguna transeúnte.

Las guías de costos por viaje que deben ir pegadas en cada unidad son, en caso de seguir visibles y legibles, sólo comprensibles por gen- te con cociente intelectual de ingeniero de la NASA. Por ello, cuando el usuario desconoce el costo, es recomendable que pague con una moneda de 5 o de 10 pesos, con cara de saber lo que está haciendo, y estire la mano para recibir cambio. Preguntarle al conductor la tarifa hacia equis lugar garantiza que éste le cobrará, sin aviso de por medio, una pequeña propina por gastos de orientación.

A los “peseros” se les llama así porque hace años cobraban un peso por el servicio. En estas pequeñas combis o similares –con características mágicas de espacio interno, cual transporte de payasos o como el auto azul que aparecía en la historia de Harry Potter– suele haber tanta gente que hay quienes confunden el nombre con “peceros”, pues emulan latas de sardinas. En éstos es común ver un trabajo en equipo para ir pasando las monedas, de pasajero en pasajero, hasta que llegan a manos del chofer. Dicha petición suele ir acompañada de un “¿le pasa uno a (equis lugar)?”. El cambio también se entrega mediante una cadena humana.

Metro y metrobús

Ambos medios de transporte desafían, en horas pico, las reglas de la Física y el Cálculo. Cuando la lógica indica que en cierto vagón ya no cabe ni un alfiler, quiere decir que aún podrán meterse entre 17 y 26 personas.

Debido a los recurrentes abusos sexuales, los dos sistemas optaron por crear vagones exclusivos para mujeres y niños. Las dos principales ofensas, cometidas bajo el velo de un exceso de cuerpos en un limitadísimo espacio, suelen ser las llamadas “torteo” –toqueteo de otro cuerpo, glúteos y senos principalmente– y “arrimón de camarón” –recargamiento pélvico de un hombre sobre la retaguardia de otra persona–. Cabe señalar que la cuestiona- ble medida para evitar los abusos no es efectiva en casos de pedófilas, lesbianas abusivas o maestros del disfraz.

La regla de cortesía “espere a que bajen antes de subir” queda desdibujada ante la realidad de “o empujas machín en cuanto abran la puerta o te quedas ahí para siempre”.

El arrojo de los pasajeros provoca que continuamente algunos se queden atorados entre las puertas corredizas del metro, lo cual implica tener que abrirlas y cerrarlas hasta que no quede ninguna extremidad fuera y pueda iniciarse el viaje. Ello sirvió de aprendizaje para implementar un nuevo sistema de puertas en el metrobús, las cuales abren y cierran con un feroz y atemorizante movimiento y con la fuerza suficiente para demoler un pequeño edificio. Esto genera una ruda acción de filtración “natural”, dejando claramente afuera a los de afuera y adentro a los de adentro.

Un error de diseño del metrobús son sus letreros luminosos con la advertencia de que las puertas se cerrarán en cinco segundos. Dicho letrero anuncia lo mismo durante esos cinco segundos, no es que vaya cambiando y muestre una cuenta regresiva; de ese modo, alguien que va llegando y ve el letrero puede creer que aún tiene cinco segundos para abordar mientras que en realidad quizá sólo le quede uno.