Damnificados del 19s luchan contra el olvido

A tres meses del sismo los damnificados de la CDMX han demostrado que conocen sus derechos y se han unido para luchar

A tres meses del sismo, cientos de personas siguen viviendo como damnificados.
Foto: Cuartoscuro

Todos los días son iguales. El sol entra y sale por el mismo lado; la sensación de frío clavada en la espalda. En un pizarrón con letras azules y un cuaderno sin pasta se registran las bitácoras de guardias y donaciones. Pero no importa lo que diga el calendario: cada día es el mismo para los damnificados del 19s.

«Vivimos en un loop, en un bucle del tiempo», dice Francia Gutiérrez mientras estira las solapas de su chamarra de mezclilla. El 19 de septiembre 9 personas murieron por el colapso de uno de los 10 edificios que forman el multifamiliar ubicado sobre calzada de Tlalpan a la altura de Ciudad Jardín. Uno de los 40 departamentos estaba a punto de ser ocupado por sus padres, eso la ha motivado para exigir que los fallecimientos no se conviertan en otro caso sin respuesta.

«Un indicador de que tu vida va bien es hacerte de una casa. Quien da un enganche o le descuentan de su quincena sabe lo que cuesta y que haya colapsado y te veas en la desolación es desalentador. Como ciudadano aportas impuestos o, si eres jubilado, acumulaste aportaciones y esperas una retribución que no está llegando. Casi todos somos propietarios y casi todos hemos sido desatendidos por las autoridades», menciona Francia, vocera vecinal.

Ante la falta de certezas, la organización del multifamiliar ha sido un ejemplo para convivir entre damnificados y para buscar soluciones. Cada tanto realizan asambleas y han formado comisiones para decidir e investigar qué se debe hacer para dejar de vivir en la calle. Al modelo se han sumado afectados de otros puntos de la capital con quienes comparten experiencias y, juntos, han conformado la agrupación de Damnificados Unidos de la Ciudad de México.

multifamiliar de tlalpan
Foto: Cuartoscuro.

«Esa es una diferencia con el 85, esta vez no podemos permitir que pasen los años y no haya respuesta. Vamos a exigir lo que es justo: regresar a nuestras viviendas», cuenta Francia mientras, en carpas contiguas, unos vecinos reciben terapia psicológica. Más allá, una junta se lleva a cabo. Estos tiempos no son sólo de pérdidas, también de lucha, de resistencia.

Menuda y de manos heladas, Francia observa que el edificio en el que vivió sigue sin ser demolido a casi tres meses del sismo. Los departamentos quedaron reducidos y los otros nueve edificios, desalojados y a oscuras, con los vidrios rotos. La pintura en aerosol colocada por rescatistas se mantiene como el recuerdo de la crisis. Los muros del 4-B advierten sobre fugas de gas. En otro, una pinta pide silencio. No hay cambios, todos los días son iguales.

Irónicamente, un mes antes que el edificio 1-C colapsara, Francia y sus hermanos se despidieron de la casa. Los Gutiérrez recorrieron uno a uno los recuerdos de infancia, miraron las fotos familiares, reencontraron los juguetes con los que crecieron y se sentaron por última vez en los sillones de los primeros dueños de la casa: los bisabuelos.

«El adiós tenía una razón: mis papás iban a regresar a vivir al departamento donde se conocieron y casaron, donde nosotros crecimos –cuenta–, querían iniciar una nueva etapa y eligieron su primer hogar para estar ahí hasta que la vida se los permitiera». Ese momento no llegó.

Los pasillos del Multifamiliar se volvieron fríos y oscuros. Casi nadie camina por ellos, la incertidumbre de no saber qué tan frágil son los edificios llevó a 200 personas a vivir en la calle. Ahora los muros de sus casas son de plástico y tela. Los más afortunados viven en las casas donadas por el gobierno de China, mientras otros pasan los días en espacios rodeados de tablones, tarimas de madera, cajas de cartón rellenas de ropa y casas de campaña.

Los damnificados, como la ONU denomina a los que pierden el hogar, ocupan los espacios donde hasta hace poco dormían las personas en situación de calle y ahora conviven con ellos. Los niños, en bicicleta, esquivan las casas y hacen tarea en las mesas del parque.

«Entre polines celebrando la vida». Así se llama la foto en que todos los vecinos damnificados se abrazan, en el parque de la unidad. Habían pasado casi tres meses del sismo y, para darse fuerza, decidieron organizar una cena. Habían pasado dos meses desde el temblor.

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damnificados del sismo
Foto: Cuartoscuro

Para Ricardo Becerra, comisionado para la Reconstrucción, las edificaciones podrían comenzar a partir de febrero y hablar de una capital totalmente lista podría demorar hasta cinco años. Mientras tanto, el  gobierno local continúa en la fase de revisiones «los dictámenes son lo que más interesa a los ciudadanos. Estamos trabajando a un ritmo casi industrial para que todos tengan certeza de lo que va a pasar con sus predios».

Como parte del programa de Reconstrucción, la CDMX ha entregado 25 mil 981 apoyos para renta que consisten en una aportación mensual de $3,000 por un periodo determinado. Hasta el 1 de diciembre estaban registradas 2,006 solicitudes de créditos para inmuebles catalogados en rojo, es decir, inhabitables. En este caso el crédito vía financieras puede alcanzar los 2 millones de pesos, pero la aportación gubernamental se va a un fondo de garantía.

Para los inmuebles que requieren reparación, los montos que se solicitan a través del Invi van de $73,000 a $140,000; para negocios, la Secretaría de Desarrollo Económico ha facilitado 519 préstamos de entre $10,000 y $20,000.

damnificados
Foto: Cuartoscuro

Sin embargo, hay un problema en el que todavía no se ha reparado: los principales afectados propietarios de inmuebles son adultos mayores, lo que los aleja de cualquier posibilidad de solicitar un préstamo, reconoce el comisionado para la Reconstrucción. Frente a esto, asegura que el gobierno de CDMX buscará los mecanismos para que nadie se quede sin vivienda y que existen las condiciones para que no tengan que pasar más de 30 años para tener un hogar, tal como sucede con los damnificados de 1985.

En esa situación se encuentran los vecinos de Los Girasoles, un complejo de nueve edificios construido por el sindicato de trabajadores de la UNAM para académicos de disciplinas como Sociología, Psicología, Ingeniería, Arquitectura y Medicina. La mayor parte de los damnificados oscilan entre 60 y 85 años, son jubilados y muchos de ellos regresaron a vivir con sus padres. Otros tocaron la puerta de sus hijos, los menos rentan por cuarto y hay quienes pidieron alojamiento con una expareja o con parientes políticos. También están en las calles, en los campamentos, en albergues y camellones, por no tener otro lugar.

«Imagínate que tú tenías tu espacio, tus libros, tus manías, el lugar en el que comías, tu despertar entre 8:00 y 9:00 de la mañana y todo cambió. Nosotros somos damnificados pero afectados somos todos: desde el señor que no puede vender sus tamales o las tortillas, el supermercado o la tiendita que cierra temprano porque ya no hay gente. Esto es más grande de lo que se ve», dice Alejandra Guerrero, vecina de Girasoles III.

Al igual que en el Multifamiliar, Los Girasoles han destacado por su organización vecinal, ante la ausencia de información de autoridades se han dedicado a investigar, han hecho marchas y bloqueos viales e incluso se unieron para pagar un dictamen sobre el estado de su edificio, de ahí no pueden avanzar pues no tienen dinero para reforzar el inmueble y, por su edad, tampoco son sujetos a crédito.

«Se viene una etapa bien complicada en la que todo el mundo está comprando, está festejando y nosotros, híjole, tenemos que estar más unidos. Nos dimos cuenta que es una lucha contra el olvido. Mientras no se visualice que seguimos mal, que seguimos aquí, la gente va a creer que esto ya se solucionó y no es así. Si los ciudadanos nos olvidan, estamos condenados», dice Alejandra.

Damnificados del 85, damnificados de 2017

La tierra aspiró tan fuerte que un tramo de cinco metros de ancho se hundió unos 40 centímetros. El 19s abrió parte del suelo y succionó pedazos de viviendas en la delegación Iztapalapa, donde vecinos se habían acostumbrado a vivir entre las grietas.

La Planta, El Molino y Cananea son tres colonias entre los límites de Iztapalapa y Tláhuac que están unidas por tres fallas que separan las casas entre sí. Desde hace 50 años, las incontables grietas llaman la atención de los habitantes. El fenómeno comenzó a documentarse hace 32 años, cuando personas en busca de vivienda y damnificados del sismo de 1985 se agruparon para solicitar un crédito federal, tomaron el terreno que les vendió el Fondo Nacional de Habitaciones Populares (Fonhapo) y durante 10 años construyeron 1,088 viviendas de dos niveles en lo que hoy se conoce como la Unidad Cananea.

Una de las condiciones de construcción era que las casas fueran antisísmicas por miedo a volver a perder el patrimonio. Sin embargo, lo que las construcciones no pudieron soportar fueron las fallas que, como cicatrices, marcan a la delegación que concentra el 42% de las grietas de la ciudad.

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En Iztapalapa están los olvidados. «En Cananea, tres viviendas fueron desalojadas y otras 125 tienen daños en diferentes grados y seguimos viviendo ahí», dice Guillermo San Juan, vecino.

En las colonias aledañas un centenar de casas están inhabitables, según lo marcan los tachones de color rojo pintados en las puertas.

En las calles Molino de café y Molino arrocero las grietas separaron las casas, los patios de las viviendas están hundidos y decenas de polines y muebles sostienen techos y apuntalan segundos pisos.

Costales de arena hacen de escalones y tablones de madera tapan hoyos para caminar por las calles o entrar a las casas a pesar de los riesgos; muchos no tienen a dónde ir;, otros son adultos mayores o están enfermos y prefieren quedarse que dormir en la calle. Unos más, los más arriesgados, entran en relevos para bañarse o preparar alimentos, aunque duerman en casas de campaña instaladas en la calle: algunas adornadas por fuera con luces de colores y árboles de navidad.

«Estamos desesperados, había gente que nos regalaba comida y últimamente ya no vienen. A todos se les está olvidando que estamos aquí, nos están dejando solitos», dice Luisa Santiago, vecina de El Molino, mientras observa, como cuidándolos, a tres niños y un perro que juegan entre los despojos.