Crónica de una cantina clandestina

Éste es un lugar de ambiente, donde todo es diferente

El Memo

El calor te llega de golpe cuando entras al salón más alejado de este lugar. Decir “salón” es un eufemismo: es un cuarto pintado de blanco en el que caben 30 mesas de plástico con sillas color azul. En las paredes hay tres viniles del gallo Claudio, Bugs Bunny y Taz sosteniendo cervezas. Dos televisiones viejos, cuatro botellas de utilería de tequila y tres bolas de espejos completan la decoración. En las paredes están empotrados varios destapadores. 

Del lado derecho hay un mingitorio sin puertas en el que caben dos personas: todos pueden ver a los parroquianos que estén haciendo lo suyo. El olor es como el infierno mismo. Hay un cuarto de baño para las mujeres que está cerrado. Una rocola que no deja de sonar que te da tres rolas por diez pesos, con canciones norteñas, cumbias y de banda. 

En el lugar hay cerca de 100 personas, en diferentes niveles de ebriedad. Algunos platican, otros beben. En una mesa hay dos hombres con 24 latas de cerveza, que se van terminando con asombrosa rapidez. Cruzamos el lugar con nuestra caguama en mano y nos dirigimos a la mesa más apartada. Todas las miradas se posan en nosotros: somos los nuevos ahí y se nota. 

Las otras cantinas

En la Ciudad de México existen muchas cantinas clandestinas, cuya ubicación va pasando de boca en boca. Algunas de ellas son casas cerradas a las que entras con clave. Hay otras que están disfrazadas de negocio legal: conocemos una tlapalería cuyo segundo piso siempre está animado. 

La que visitamos está en la zona de San Ángel. Es conocida por los lugareños, pero nadie da su ubicación exacta. Está disfrazada de tienda de abarrotes en la que puedes comprar una caguama y le tienes que decir al dependiente que te la vas a tomar ahí, lo que te da derecho a vasitos de plástico. Subes unas escaleras y detrás de un altar a la Virgen comienza la diversión. Es muy difícil darse cuenta desde la calle lo que sucede adentro. 

Este lugar abre a las 7 de la mañana y cierra a las 11 y media de la noche. Hay reglas: solo puedes tomar cerveza, es mejor no meterte en líos y se prohibe fumar porque no tienen ventilación. Esta regla es muy estricta: mientras comprábamos nuestra bebida regañaron a un hombre porque olía a cigarro: “son chingaderas, te dije que no se puede fumar adentro”. 

Sólo hay una ventana, y la luz es de lámparas fluorescentes. Nunca te das cuenta si afuera ya anocheció, lo cual es peligrosísimo porque el lugar es tan ameno que puedes pasar horas y horas ahí. El tiempo vuela al mismo tiempo que se termina la cebada. Si tienes hambre la mejor opción es regresar a la tienda por una bolsa de botana, pero vimos que dos hombres privilegiados, con trato VIP, consiguieron que les llevaran a su mesa sendos platos de caldo de pollo. 

Cuando tomo vino, siento tantas ganas de contigo platicar…

Los zapatos delatan al bebedor: polvosos de cemento. Muchos de los bebedores vienen de chambear y algunos llevan sus herramientas de trabajo. Las mujeres son en su mayoría de más de 50 años, que toman caguamas y cantan a bocajarro. Un hombre con gorro tejido y pantalón a media nalga saca a bailar a una doñita que ronda los 60. Ella acepta emocionada y después de tres canciones se comienzan a acariciar. 

Fuimos afortunados en encontrar lugar, pero los que no, tienen dos opciones: jalarse una silla con la caguama en la mano y sentarse en medio de todos, o pedirle a algún compa que los dejen compartir mesa. Todos aceptan, parece que hay un acuerdo no escrito de ser amables con los demás. Éste es su lugar y no lo arruinan con discusiones. 

Una pareja de chavos de no más de 22 años andan de novios: ella, con una blusa rosa y él con una camisa abierta que deja ver una playera blanca sin tirantes, cabello lleno de gel, corto de los lados, bigote a medio salir. Junto a ellos un grupo de ocho personas, hombres y mujeres celebran un cumpleaños: hay 12 envases en su mesa.  Un hombre junto a nosotros trae una camisa de mezclilla con estampados del Pato Donald. Otros caen dormidos, vencidos por el alcohol. 

Por allá alguien tira su cerveza y todos ríen. Un joven muy serio, que no habla con nadie, pasa regularmente a recoger los envases vacíos en un gran bote de plástico y a pasear el trapeador. Nos animamos a echarle una moneda a la rocola: además de Intocable, Grupo Pesado y Banda El Mexicano nos encontramos un disco de Radiohead, otro de Rammstein y la colección completa de Madonna, discos que seguramente nunca han sido tocados en este lugar. En todo el tiempo que estuvimos nunca salió nuestra selección que incluía “Flor de Capomo”. 

Suena la cumbia y muchas parejas se animan a bailar. Sigue la “Huaracha Sabrosona” y dos hombres jóvenes que están parados se toman de la mano para intentar unos pasos, pero en seguida se sueltan. Nadie dice nada, la mirada fija en el envase ámbar de la caguama. Volteas alrededor y alguno brinda contigo levantando el vaso de plástico. 

Sería una imprudencia revelar su ubicación. Es un lugar para pasarlo bien y nada más. Un lugar para estar con los amigos después de una dura jornada de trabajo, para relajarse, pagar lo justo por una bebida, cantar por el desamor y reirse. No te dan más y no lo necesitas. Es la pura vida.

¿Qué otros sitios así conocen, chilangos?

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