Confesiones de un recolector de basura

Nos platican qué piensan de la nueva norma, lo mejor y peor que se han encontrado

Foto: Pável M. Gaona

Estamos en el Centro de Transferencia ubicado en La Viga y Eje 3 Sur. Aquí vienen a parar todos los desechos recolectados por los camiones de basura de la Delegación Cuauhtémoc.

Ya sea basura de viviendas, empresas o mercados, este es el destino final de toda la basura de los chilangos de esta demarcación. Sus tripulantes, sonrientes a pesar de tener una chamba que pocos estarían dispuestos a hacer, ríen y se alburean mientras separan, clasifican y reembolsan, hasta que todos los desechos están listos para ser dejados en este gran centro de acopio.

Uno de estos chilangos que han hecho de la recolección de basura su modo de vida es Pedro Onofre, quien tiene ya 35 años en este oficio. Sus jornadas, como las del resto de sus compañeros que se dedican a lo mismo, no son fáciles: a las seis de la mañana ya tienen que estar en las calles metiendo las manos entre la basura ajena. Pero antes de esto tienen que llevar sus camiones a abastecerse de combustible, por lo que en realidad su rutina diaria comienza mucho más temprano. Todo por un salario que roza el mínimo.

Cuando le preguntamos acerca de que si cree que la gente va a separar la basura como lo indica la nueva norma ambiental, que entró en vigor el pasado 8 de julio, lo niega y hasta se ríe, escéptico. «La norma dice que si el ciudadano no separa su basura, los recolectores tenemos el derecho de no recibirla, pero te aseguro que nadie sabe siquiera cómo se debe separar. Hay que darle los conocimientos a la gente, si no por más leyes que haya es nada más ponerlas a lo tonto».

En los 35 años que ha pasado, ha encontrado entre la basura algunas cosas de valor, pero también sorpresas poco agradables. «Pues nos hemos llegado a encontrar cosas como joyas, anillos de plata, esclavas. Pero también hay cosas feas que la gente echa a la basura y que nosotros tenemos que reportar. En esta chamba te encuentras hasta manos, cabezas órganos y otros restos humanos».

“La gente no valora nuestro trabajo”

Omar Manzano, quien lleva 20 años dedicándose a esto, nos dice: «Uy, la gente cree que nos encontramos un montón de cosas padres, pero ¿tú crees? La mayoría de los ganones son los porteros en los edificios, que son los que ven la basura antes que nosotros, seguro ellos sí se encuentran cosas buenas».

Sobre la nueva clasificación de desechos y el calendario de recolección que establece una diferencia entre los desechos orgánicos, inorgánicos reciclables, inorgánicos no reciclables y desechos voluminosos o de manejo especial, también coincide en que la gente no está capacitada para hacerlo, pero que además no le importa.

«La gente cree que es nuestra obligación separar la basura y no, es de ellos. Ahora, siempre nos reclaman que para qué separan si al final todo lo volvemos a juntar en el carro y esto no es cierto. Nosotros tenemos que entregar la basura separada. ¿Por qué nos meteríamos el pie nosotros mismos revolviendo la basura que ya está separada?».

Cuando le preguntamos dónde cree que haya nacido este mito de que revuelven la basura, señala: «Mira, es que así parece, pero lo que pasa es que no contamos con el equipo adecuado para transportarla. Aunque ya entró en vigor la nueva ley, ¿sabías que más del 60% de los camiones recolectores no tienen compartimientos especiales para separar? Para que una ley así funcione bien, tendrían que cambiarnos las flotillas de camiones, pero ¿tú crees que lo van a hacer? Quieren tapar el sol con un dedo».

Sobre lo gacho de su chamba, además de no contar con los recursos suficientes, Omar no pasa por alto la discriminación y los malos tratos de la que es objeto. «La gente no valora nuestro trabajo, son muy déspotas con nosotros. Nos exige que separemos cuando nuestra labor sólo es recolectar. Nos gritan y nos sobajan con frases como “si yo para eso pago mis impuestos”, como si nosotros no pagáramos nuestros impuestos también. Encima de eso a veces tiran desechos peligrosos, como jeringas, sin el debido cuidado. No falta el que hecha las colillas de su cigarro todavía prendidas y la basura se incendia y nosotros sufrimos quemaduras».

Sin embargo, hay cosas que rescata, entre ellas, el saber que se dedica a una labor que permite que la ciudad siga funcionando. «Además el trato entre nosotros los compañeros es a toda madre. Es un oficio de mucha tradición en la ciudad».

Ya entrados en materia de tradiciones, le preguntamos por qué a veces ponen muñecos de peluche en sus coches. «Eso es algo que viene de antaño, de gente que se dedicaba a la pepena. Encontraban peluches y se los quedaban como trofeos o como premios, que les recordaban a sus hijos. También por eso colgamos los zapatitos que nos encontramos. Finalmente también es por nuestros hijos que nos dedicamos a esto, para sacarlos adelante».

A Omar le chiflan porque ya nos tardamos un ratote en la charla. Nos invita a subirnos al camión porque ya se tiene que mover y, ni tardo ni perezoso, nos trepamos como moscas en la defensa de su vehículo.

Llegamos a la puerta del Centro de Transferencia, donde ellos van a descargar el botín recolectado en el día, como si de orgullosos piratas citadinos se tratase.