¿Cómo identificar a una lobuki?

Ubícala en el antro sin morir en el intento

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Lobuki: “Dícese” de la mujer o niña con aspiraciones a compartir su vida (o bueno, mínimo esa noche) al lado de un mirrey. Aquella que con diferentes tonos de voz y actitudes intentará ser “fresa o teepo bien” a como dé lugar.

Siempre inmune al frío, viste minifaldas tipo tubo, o bien minivestidos, usa tacones de 12 centímetros, sombras traslúcidas, kilos de blush, pelo marcado con ondas (cuasi caireles) y algunos toques de peróxido para resaltar su bronceado (recién adquirido en el puerto, beibi).

Es aquella que –secretamente– llegará temprano al antro, siempre acompañada de su “amigui o nena”. Con el fin de asegurar su ingreso, se plantará en la entrada con gran: “¡Hola, Cheeepe!”, acompañado de un abrazo y un tronado beso. Jamás habrá mejor forma de cerrar el trato de su entrada triunfal.

Si el lugar aún no está lleno –posiblemente porque apenas sean las 11–, aprovechará el tiempo con su bi-ef-ef para correr al baño y tomarse una serie de fotos frente al espejo, con su smartphone, en diferentes poses.

Imágenes que –claro– van directo al feis. No olvidemos que las lobeibis sienten una gran necesidad de mantener al tanto de su vida a sus amigos de las redes sociales. Son muy de las que creen que “hay un Dios que todo lo ve… Y lo ve por Facebook”, situación que las hace actualizar su estatus en repetidas ocasiones al día.

“Teeepico” que quieren que a “ese goei” le toque el karma. Les encanta desearle a la gente buen día o compartir con sus seguidores cuando están “hiper tristes y así”. Igual le dan copy-paste a partes de letras de canciones que denotarán qué tan grave es su estado de emocional. En el mejor de los casos publicarán imágenes con bolsas de “shopping” o del antro; así todos sabremos que la lobita está gozando las mieles de la vida.

Bueno, volviendo al antro. Una vez dentro, pedirá cualquier bebida económica con agua natural o refresco de dieta para guardar la figura, casi inmediatamente se establecerá en un lugar estratégico para poder identificar a su presa mirreynal de mayor conveniencia. Una vez seleccionado a su “miyeiy imposible”, usará cualquier artimaña para sentarse en su mesa, desde merodear por ésta mil veces hasta fingir interesantes pláticas con su “amigui”, lanzar risas en altos decibeles y actuar (usando al mismo tiempo gestos y manos) las canciones, mientras mueve la boca cantando. Entonces su papalord la ubicará fijamente.

Ya pasada la noche, muchas copas de más y varios botones de la camisa abiertos, el haye –devastado por no ser tomado en cuenta por las `niñas bien´– encontrará un oasis en medio del desierto al ser iluminado por su lobuki. Es ahí cuando finalmente la jalará para sentarla en su mesa e invitarle –¡claro!– un trago de su buen bacacho. La lobi –obvio– no esperaba eso, y muy dentro de ella se sentirá ofendida.

Sin embargo, sonriente, responderá con un: ¡Cómooo! Teeepo, ¿no tienes whiskeeey? Es que no me gusta el Bacardí y asiií….?”. Después llamará al mesero para pedir la etiqueta más elevada, aún cuando sólo lo haya visto en el bar de su papi, quien aún no lo abre y lo guarda desde el 97 para una ocasión especial.

Una vez anclada en la mesa, será casi imposible mover a la lobuki de ahí. De hecho, como las hormigas por cada invitada saldrán ocho lobsters más, sacarán sus mejores pasos, reirán constantemente y aplaudirán el poco agraciado comportamiento de su mirrey. Esto con el fin de robarle un beso y entrar oficialmente a su agenda de lobeibis de los miércoles.

Sobrevivirá aquella con más expertise en el arte de los shots. Probablemente será ella quien se coloque como la “champ” de la noche, cosa que sólo se comprobará si es invitada a unos taquirris al Califa o bien “al after con onda más cyyyyyber, goeeei”.