Chilangos buscan el amor

Y aquí en el DF nos sobra ingenio para conseguirlo

José Luis Castillo

Entro a la página web armada con cierta esperanza. Busqué con angustia la asociación civil Punto de Encuentro, pero me topé con el vacío. En la red, sin embargo, está disponible cuando doy clic, caigo en cuenta de lo familiar que me resulta el nombre. Está en postes, en bardas, en las rejas de un panteón, un paradero… Es como una invasión que penetra de forma subliminal. “¿Buscas pareja?”, preguntan esos letreros de plástico, pequeños, casi discretos. Por otro lado, hay mantas o carteles que anuncian abiertamente fiestas para “emparejarse”.

Punto de Encuentro A.C. las pensó para que los solteros dejen de serlo. La página web (puntodeencuentro.com.mx) es rosa pálido, supongo que para relacionarla con el amor. Lo primero que sucede es un pop-up que anuncia un “Seminario de seducción. Modelo FERVIC”. Antes de averiguar qué puede ser eso (y qué es el Colegio de Empresarios, que promueve el evento), los usuarios sentirán una decepción cuando vean la fecha propuesta para aprender, entre otras cosas, “el flirteo efectivo”: julio 18 y 19 de 2009.

Cierro el pop-up para no distraerme más y trato de navegar en la página, una serie de columnas básicas sin un atractivo visual. Una etiqueta rosa me garantiza que podré inscribirme gratis a su red y una barra del lado derecho que se replica en la parte inferior –donde hay más rostros de dónde elegir– señala: “¡71717 usuarios!”. Soy el visitante 003626469.

Bajo esa promesa, aparecen las imágenes de quienes buscan pareja. Son ellos y ellas. Una pequeña foto, un nombre y el número de retratos subidos son el gancho para dar clic. Me asombran las fotografías y su extraordinaria combinación: un pectoral masculino desnudo, el rostro de un tipo con tendencia a quedarse calvo, una amable señora de lentes frente a una computadora, Lionel Messi en camiseta del Barça después de una anotación. Hugo, Alba, María, Antonio, Ubaldo… todos han subido la fotografía que suponen más halagadora de sí mismos.

Intento registrarme. Pierdo la paciencia a los pocos pasos. Llamo al teléfono que aparece. La mujer que me responde me transfiere con otra señorita quien, a su vez, me transfiere con una tercera. Tengo un problema que no pueden resolver: el campo asignado para que escriba mi nombre está bloqueado. La tercera señorita sugiere que cambie de navegador. En realidad, no me interesa tanto su página (clonada por otras cientos muy parecidas) como la razón de su existencia. ¿Por qué hacer fiestas para solteros? ¿A quién se le ocurrió? ¿Cómo son? ¿Sirven?

Le pregunto eso y más. Me interesa saber cómo hacen para garantizar que saldré de alguna de sus pachangas con una pareja. La mujer es caótica en sus respuestas, parece estar en una junta o atendiendo al plomero. Tengo su atención en lapsos intermitentes: unos segundos me dice cosas, luego escucho cómo tapa la bocina y habla con alguien más. Por ahora, me dice, no hay fiestas y no las habrá en un rato porque están buscando «un local más grande». ¿Cuándo volverán a tenerlas? Ni idea, no sabe. 

¿Te quedaste picado? Lee el resto de este artículo en el número de febrero 2013 de Chilango, tu revista de confianza.

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Editor Digital de Chilango. Ama los tacos, la tecnología, los gadgets y el cine. Los videojuegos le enseñan a vivir. Twitter: @poketronik