Diez años después…

Chilango con Tarantino

 

 La cita era a las 11 de la mañana. Bajé a desayunar dos horas antes: el omelette con salchicha me sabía insípido, pero el jugo de naranja era más dulce que lo acostumbrado. Yo era un remedo manos sudados y emoción.

Diez minutos antes de iniciar la entrevista, tomé el elevador hasta el último piso del hotel, junto con otros periodistas que verificaban las pilas de sus grabadoras, o escribían las últimas preguntas en sus libretas.

A las 11:03. Entró Quentin Tarantino.

Abrió la puerta de la suite, llegó vestido con una chamarra negra  abotonada hasta la mitad del pecho y con la playera de un anime japonés. Yo, nervioso acerqué la grabadora y traté de impresionarlo con una pregunta llena de datos culturales.

—Hola, en la primera toma de Bastardos sin gloria, se nota que es un claro homenaje a tu director favorito Sergio Leone, porque…

Entonces, Tarantino me interrumpe y con la efusión de un chiquillo me dice «Oh, men I fuckin’ love him». Habló sin interrupciones de este director (Leone, es la mente brillante tras El bueno, el malo y el feo) y cómo influyó en la escritura y realización de este film. Su entusiasmo sólo era interrumpido por los tragos que le daba a su agua Fiji, y las carcajadas estruendosas (una risa de altos decibeles y entrecortada para jalar aire) cuando recordaba alguna escena de una película de Serie B. Pero la risa más grande que soltó fue cuando dijo con mucho orgullo: «En mi película, mato Nazis con el poder del cine».

Y no lo dijo de manera metafórica: una de las tramas de Los Bastardos sin gloria gira en torno a la venganza de una joven francesa, Shossana, quien planea quemar un teatro con cientos de metros de cintas de 35mm «El nitrato de las cintas, quema tres veces más rápido que el papel».

Así con sangre fría, y su fijación por las heroínas, Tarantino presenta su obra más épica hasta el momento: una historia de venganza en plena Segunda Guerra Mundial. Un Spaghetti Western mezclado con Nouvelle Vague, ambientado en la Francia ocupada por el Reich. Durante más de diez años, trató de producir este film, pero cada vez que intentaba escribir el guión, terminaba con demasiadas tramas. Decidió apartarse del proyecto un rato, y concentrarse en otra idea: una cinta de kung fu. Kill Bill.