Perfil: Vicente Rojo

La gran influencia del artista en el arte mexicano

Ni los carteles ni los libros serían lo que son hoy en México sin el trabajo de este diseñador gráfico y artista plástico. Se inspiró en la publicidad del box o la lucha libre y sus experimentos tipográficos y su sentido del humor estuvieron lo mismo en la portada del libro Transa poética, de Efraín Huerta, que en el logotipo de San Ildefonso, los libros-objeto que diseñó junto con Octavio Paz o José Emilio Pacheco, las tipografías para las películas de Buñuel, las escenografías para Alejandro Jodorowsky y Juan José Gurrola.

Está de pie en el centro de su estudio en Coyoacán. Frente a él, montados en uno de los enormes muros, descansan cuatro lienzos. En cada uno Vicente Rojo ha pintado una letra que no pertenece a ningún alfabeto. Son, dice, piezas de su nueva serie de pinturas que titulará Casa de letras, una extensión de las Escrituras que comenzó en 2006. Letras imaginarias que no se leen, pero que esperan ser descifradas.

Ha trabajado tres años en esta nueva serie y restan unos cuantos meses para verla completa. De las cuatro piezas que ahora tiene enfrente, solamente una le parece terminada. Sus ojos se posan, severos pero satisfechos, sobre esa textura similar al óxido, a la roca volcánica.

«Me gusta, tiene intensidad –dice en un susurro amable. Después señala los otros tres con el ceño apretado–. A éstos aún les falta mucho. Necesitan vibrar».

Vicente Rojo siempre pinta varios cuadros de manera simultánea, por capítulos. «A los escritores les preguntan cómo enfrentan la hoja en blanco. Yo no tengo un lienzo en blanco, tengo veinte». Desde que en 1952 comenzó su primera serie, Aproximaciones, ha trabajado así, repitiendo un solo motivo hasta agotarlo, como si quisiera mirar sus obsesiones –la lluvia, los volcanes, los cráteres, los espejos– desde todos los ángulos posibles.

«Yo trabajo con las formas básicas: el cuadrado, el círculo, el triángulo –explica mientras pasea por las mesas de su estudio–. Las formas básicas son las que nos acompañan toda la vida. Sin ellas no habría ruedas, no habría sillas, no habría arquitectura. Cuando empecé a hacer Escrituras, me di cuenta de que la geometría estaba también en el alfabeto, que es algo que aprendemos desde niños. Siempre he creído que el mundo nos ha salido mal. Habría que volver a empezar un poco. Y habría que comenzar con lo más básico, con lo más elemental. Con un triángulo, con un círculo».

Para Vicente Rojo, pintar es eso: volver a empezar. Todos los días, este hombre de 82 años intenta levantar de nuevo el mundo, desde el principio.

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A Germán Montalvo, quien trabajó 10 años al lado de Rojo, le impresionó siempre la disciplina del artista, el rigor con el que aún maneja su agenda, sus horarios, su tiempo libre, como si un detallado orden enmarcara hasta el más mínimo rincón de su vida.

Lo conoció a finales de los años 70, cuando Rojo ya era una leyenda del diseño gráfico y conducía la Imprenta Madero. Ya entonces se sabía, por ejemplo, que había huido de Barcelona para reunirse en México con su padre, quien vivía aquí como refugiado de la Guerra Civil Española; que había comenzado a trabajar en el cuarto piso del recién fundado Instituto Nacional de Bellas Artes, en la Oficina Técnica de Ediciones, bajo las órdenes de Miguel Prieto; y que, al poco tiempo, había quedado a cargo de la Imprenta Madero, creada por Tomás Espresate y Eduardo Naval, dueños de la librería Madero.

«Fue una proeza dentro del mundo artístico e intelectual mexicano –afirma Germán Montalvo–. Como colaboradores teníamos la libertad de desarrollar todo tipo de conceptos, sin que Vicente nos impusiera nada. Encima de eso, todos los días se aparecía Carlos Monsiváis, o Guillermo Sheridan, o Francisco Álvarez, Jaime Reyes, un joven Juan Villoro, toda la vida intelectual del país. Nosotros no sólo diseñábamos sus publicaciones, teníamos la oportunidad de convivir de manera muy amena con esos grandes maestros. Eso nos dio una gran seguridad y un sentido más profundo de lo que hacíamos».

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