¡A toda madre!
Mayo 2012
No. 102
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Los lienzos de Akira Yamaguchi evolucionan en mundos paralelos. Exploran el concepto del cómo las temáticas del grabado japonés podrían ser en la actualidad. Debaten entre sus raíces históricas y los ambientes occidentalizados en las que hoy en día vive el Japón.
La mayoría de sus piezas juguetean entre el choque de aparentes conceptos opuestos. A primer vistazo, todo parece ser bastante romántico y acorde a la estética clásica del yamato (corriente pictórica anterior al ukiyo, correspondiente al periodo Heian), al introducirse con tenue quietud, una suerte de anacronismo se palpita: elementos modernos y tecnológicos cotejan escenas tradicionales.
Caballos motorizados son montados por ancestrales samuráis y militares corpulentos, mientras en los establos sus partes mecánicas intercambian. Ciudades futuristas dónde perdura el Nihon Kenchiku (arquitectura japonesa pre-moderna) y sus techos curvos de azulejos de cerámica. Templos shintoístas convergen con distribuidores viales y edificaciones culminantes en cúpulas románicas. Abrazada por nubes, la descomunal Torre de Tokio permuta su mirador por una pagoda.

Y es que si en la tierra del manga y las yamambas ha cuajado
una corriente artística en la ultima década, sin duda, se debe destacar al Neo Nihonga —en su significante
traducido literalmente como pinturas estilo neo-japonés.
Artistas como el demente Tenmyouya Hisashi, la angelical
Fuyuko Matsui y el mismo Yamaguchi, se rigen bajo los parámetros de la
ilustración tradicional nipona, pero añaden elementos populares e irónicos.
En el caso de Akira, la búsqueda de su ser, mezclada con su formación académica y sus influencias gráficas, dan como resultado postales tan idílicas como interrogantes.
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